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Hábitos

¿Por qué cuando duermes poco comes peor? La ciencia que explica por qué una mala noche puede hacerte elegir pizza antes que ensalada

6 min de lectura·Por Alicia Flores, Lic. en Nutrición

Son las 7 de la mañana. Apenas has dormido cinco horas. Te levantas cansado, sin energía y con la sensación de que podrías comerte cualquier cosa.

De camino al trabajo pasas por una cafetería. Frente a ti hay dos opciones.

Una es un yogur con fruta y avena.

La otra, un croissant recién horneado acompañado de un café azucarado.

Sin pensarlo demasiado, eliges el croissant.

¿Falta de fuerza de voluntad?

No exactamente.

La decisión probablemente ya la había tomado tu cerebro mucho antes de que llegaras a la cafetería.

Dormir poco no solo provoca sueño. Cambia la forma en que piensa tu cerebro, altera tus hormonas y modifica las decisiones que tomas frente a la comida.

Y eso explica por qué, después de una mala noche, resulta mucho más difícil comer de forma saludable.

Dormir es mucho más que descansar

Mientras dormimos, el cerebro no se apaga.

Todo lo contrario.

Durante la noche ocurren procesos esenciales:

  • Se consolidan los recuerdos.
  • Se eliminan productos de desecho del metabolismo cerebral.
  • Se regulan hormonas.
  • Se reparan tejidos.
  • Se reorganizan conexiones neuronales.

Dormir poco significa interrumpir parte de ese mantenimiento.

Y el cerebro lo nota.

La batalla entre dos hormonas: grelina y leptina

Gran parte del problema comienza con dos hormonas que regulan el apetito.

Grelina: la hormona del hambre

Cuando el estómago está vacío, la grelina aumenta.

Su misión es muy sencilla:

Decirle al cerebro que es hora de comer.

Después de dormir poco, los niveles de grelina suelen aumentar.

¿El resultado?

Sientes más hambre.

Y la sientes antes.

Leptina: la hormona de la saciedad

La leptina hace exactamente lo contrario.

Informa al cerebro de que ya has comido suficiente.

Tras una noche de sueño insuficiente, sus niveles pueden disminuir o su efecto puede verse alterado.

Entonces ocurre algo curioso.

Comes.

Pero tu cerebro tarda más en sentirse satisfecho.

El cerebro entra en modo supervivencia

Dormir poco no solo altera el apetito.

También cambia la forma en que el cerebro valora las recompensas.

Los estudios con resonancia magnética han mostrado que, tras una mala noche, aumentan las respuestas de regiones cerebrales relacionadas con el placer y la recompensa cuando vemos alimentos muy calóricos.

Al mismo tiempo, el córtex prefrontal —la zona encargada del autocontrol, la planificación y la toma de decisiones— funciona con menor eficiencia.

Es decir:

El deseo aumenta.

El autocontrol disminuye.

La combinación perfecta para terminar comiendo alimentos ricos en azúcar y grasa.

¿Por qué el cuerpo pide precisamente comida basura?

Si el cuerpo necesita energía, ¿por qué no apetece una ensalada?

La respuesta está en la evolución.

Durante miles de años, cuando una persona estaba agotada necesitaba obtener mucha energía con el menor esfuerzo posible.

Los alimentos más energéticos aumentaban las probabilidades de sobrevivir.

Hoy seguimos teniendo ese mismo cerebro.

Solo que ahora las calorías ya no son escasas.

Están disponibles las veinticuatro horas del día.

Y el cerebro continúa buscándolas como si todavía viviéramos en la prehistoria.

El azúcar parece la solución... pero solo durante unos minutos

Cuando comes alimentos muy azucarados ocurre algo inmediato.

La glucosa en sangre aumenta rápidamente.

Sientes un pequeño impulso de energía.

Sin embargo, ese efecto dura poco.

Después aparece una caída de glucosa que puede provocar:

  • más hambre;
  • más cansancio;
  • dificultad para concentrarse;
  • deseo de volver a comer.

Así comienza un círculo difícil de romper.

Más cansancio.

Más azúcar.

Más bajón.

Más hambre.

Dormir poco también aumenta el estrés

Una mala noche eleva los niveles de cortisol.

El cortisol es conocido como la hormona del estrés.

Cuando permanece elevado favorece:

  • mayor apetito;
  • preferencia por alimentos ricos en grasa y azúcar;
  • acumulación de grasa abdominal;
  • peor control de la glucosa.

No es casualidad que las personas sometidas a estrés crónico suelan tener más dificultades para mantener hábitos alimentarios saludables.

Tu cerebro toma decisiones diferentes cuando está cansado

Quizá pienses que decides racionalmente qué comer.

Pero el cansancio cambia esa percepción.

Después de dormir poco solemos:

  • planificar menos;
  • comprar más comida impulsivamente;
  • cocinar con menos frecuencia;
  • buscar opciones rápidas;
  • picar entre horas.

En otras palabras, el cerebro prioriza el camino más fácil.

Y normalmente ese camino no conduce a los alimentos más saludables.

¿Dormir poco puede hacerte ganar peso?

No existe una única causa para el aumento de peso, pero la falta de sueño puede contribuir de varias formas.

Dormir menos suele asociarse con:

  • mayor ingesta calórica;
  • más oportunidades para comer al permanecer despierto durante más horas;
  • menor actividad física debido al cansancio;
  • cambios hormonales relacionados con el apetito.

Con el tiempo, este conjunto de factores puede favorecer el aumento de peso en algunas personas.

¿Cuántas horas necesita realmente el cerebro?

Aunque cada persona es diferente, la mayoría de los adultos necesita entre 7 y 9 horas de sueño por noche para mantener un buen funcionamiento físico y mental.

Dormir ocasionalmente menos no supone un problema grave.

El verdadero riesgo aparece cuando la falta de sueño se convierte en un hábito.

Es entonces cuando el cerebro comienza a acumular sus efectos.

Cinco hábitos para que el sueño también cuide tu alimentación

1. Mantén horarios regulares

Acostarte y levantarte aproximadamente a la misma hora ayuda a estabilizar el reloj biológico.

2. Evita las pantallas antes de dormir

La luz intensa puede retrasar la liberación de melatonina, la hormona que facilita el sueño.

3. Cena de forma equilibrada

Una cena muy abundante o muy rica en alcohol puede empeorar la calidad del descanso.

4. Haz ejercicio durante el día

La actividad física suele favorecer un sueño más profundo, siempre que no sea muy intensa justo antes de acostarte.

5. No intentes compensar el cansancio solo con café y azúcar

Pueden ofrecer una sensación temporal de energía, pero no sustituyen al descanso que el cerebro necesita.

La conexión que pocas personas conocen

Cuando hablamos de alimentación solemos pensar únicamente en proteínas, grasas o carbohidratos.

Cuando hablamos de sueño pensamos en descansar.

La realidad es mucho más interesante.

Dormir y comer forman parte del mismo sistema.

Una mala alimentación puede empeorar el sueño.

Y dormir poco puede llevarte a comer peor.

Es un círculo.

La buena noticia es que también puede convertirse en un círculo positivo.

Dormir mejor facilita comer mejor.

Y comer mejor ayuda a dormir mejor.

Reflexión final

Muchas personas creen que comer sano depende exclusivamente de la fuerza de voluntad.

La ciencia cuenta una historia diferente.

Cada noche de descanso prepara al cerebro para tomar mejores decisiones al día siguiente.

Dormir no solo recarga tu energía.

También fortalece el autocontrol, regula las hormonas del apetito y reduce el deseo de buscar recompensas rápidas en forma de azúcar o comida ultraprocesada.

Así que la próxima vez que sientas un antojo irresistible después de haber dormido poco, recuerda algo importante.

Tal vez no sea tu falta de disciplina la que está hablando.

Tal vez sea simplemente un cerebro cansado pidiendo ayuda.

¿Quieres aplicar esto a tu caso?

Cada persona parte de una situación distinta. En consulta revisamos tu historia, tus horarios y tus objetivos para construir un plan que puedas sostener.

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